EL GPS y los track

Para cuando un GPS visitó una montaña por primera vez, el mar llevaba conociéndolos muchos, muchos años. Y como es muy amplia la experiencia de uso del GPS en la navegación marítima, pues sirve para explicar lo que tiene de malo, o, mejor dicho, de contraproducente. No el GPS en sí, sino su uso.

 

 

La normativa para la navegación marítima establece la obligatoriedad de contar, en embarcaciones a partir de cierto tamaño y que se alejen de la costa a una determinada distancia, de un GPS a bordo. Pero, también establece la obligatoriedad de saber navegar sin GPS, y es ahí a lo que vamos. Es lógico contar con un GPS a bordo porque la seguridad en el mar es un tema muy serio. Y es lógico tener que saber navegar sin él, por la misma razón y porque se te puede estropear o se puede quedar sin energía.

El problema es que el uso del GPS es tan fácil y, sobre todo tan cómodo, que mucha gente deja de navegar al modo tradicional y se olvida de cómo se hace.

La navegación tradicional requiere trabajo. Hay que hacer anotaciones sobre los puntos de la ruta, rumbo, velocidad, dirección y fuerza del viento, tiempos… Hay que observar el entorno, buscar referencias, enfilaciones, tomar marcas con la brújula. Hay que mirar la carta (mapa marítimo), marcar en él las derrotas, las demoras, enfilaciones, medir las distancias…  Bajar al camarote a trabajar la carta, volver a subir a tomar una marcación…, y luego hay que convertir el punto que has hallado de tu ubicación en la carta, en unidades de longitud y latitud. Y si estamos en alta mar, que no hay referencias costeras, la cosa se complica porque solo tienes rumbo y velocidad, rumbo al que además, influyen la corriente marítima y el abatimiento que produce el viento al chocar con el barco.

 

Bueno, no solamente eso, tienes los astros. Estrellas, planetas, el sol y la luna. Lo dicho, se complica. Toma al mediodía y si el cielo está despejado, con el sextante, la altura del sol, anota la hora y haz los cálculos que te darán latitud y longitud, o toma en un crepúsculo la altura de los astros, averigua con un almanaque la situación de esos astros respecto de Greenwich en ese día y a esa hora, y haz los cálculos matemáticos de trigonometría esférica que te darán, finalmente, tu posición. Es complejo y al novato le puede costar mucho tiempo, pero al marino experto cinco minutos, porque se aprende a hacerlo rápido y bien, con la práctica se adquiere el conocimiento. Además de que es realmente gratificante, no vas a comparar la calidad de un marino que tiene el conocimiento y la seguridad de navegar de ese modo, con la del que necesita un GPS en todo momento para saber en dónde está. En resumen, el GPS es obligatorio como apoyo a la navegación en caso de necesidad.

 

En alta mar.

Pero resulta que, simplemente con leer el GPS, sólo tienes que anotar la latitud y la longitud que te indica y ya estás ubicado. Además, te da rumbo y velocidad exactos, y con un programa complementario te enseña la carta de navegación con la ruta realizada, te establece rumbo a tu destino y te da tiempo estimado de llegada. No se puede competir contra eso.

Pues a pesar de lo enormemente práctico que es no resulta ni mínimamente satisfactorio, y, sin embargo, ¡cuán gratificante es hallar tu posición con tu propio conocimiento y por tus propios medios! No se puede comparar.

Ante estas dos opciones, prevalece casi siempre la comodidad y, como consecuencia, una gran cantidad de navegantes ya no saben navegar. Y lo mismo pasa y pasará en la montaña. Y eso que en montaña es mucho más fácil navegar, por la sencilla razón de que se dispone de innumerables referencias geográficas diferenciadas y los caminos viables son muy reducidos, cuando en el mar pueden ser tantos como rumbos posibles. Contamos, además, con otra coordenada que es la altura. Es sencillo, si estás a dos mil metros de altura no puedes estar en una zona del mapa a mil quinientos.

 

En la Munia

 

Me parece que es fundamental saber desenvolverse en alta montaña con los medios propios, con el estudio del entorno, la observación, una brújula, un altímetro y un mapa. Es la única manera de conocer la montaña. El que encabeza la marcha está obligado a levantar la vista, especialmente cuando se va sin camino, mirar, observar y comprobar que la ruta es correcta, controlar en dónde está el destino y de dónde se viene, echar vistazos atrás para reconocer el paisaje que se encontrará a la vuelta, velar por no ascender metros innecesarios… Como consecuencia aprende, reconoce las referencias, las cimas, los valles, los collados, y cualquier accidente geográfico notorio, memoriza los cruces de caminos, las fuentes, los regachos… Así se conoce una zona, y se aprende a desenvolverse en ella, incluso perdiéndose se aprende mucho. Hay que perderse, sin duda, no tiene nada de malo perderse en un bosque, si no es demasiado cerrado, o por los montes, si no son demasiado abruptos, en esos días en que no tienes una ruta definida y simplemente quieres patear por el valle.

 

 

Quien va a cola de la marcha, a no ser que tenga la iniciativa de fijarse en todo ello, como no tiene necesidad, puede permanecer toda la excursión con la vista pegada al suelo, que es lo más cómodo. Puede llegar hasta la cima sin conocer nada de lo que ha recorrido hasta tal punto que, al día siguiente, le haces encabezar la misma marcha y puede perfectamente no saber por dónde ir, o puedes ponerle en mitad de la misma y no distingue en dónde está ni de dónde ha venido. Eso es lo que podría suceder si hacemos una excursión basándonos en un track y en el GPS, que igual la hacemos sin levantar la vista, y se puede dar que ni conozcamos el lugar ni aprendamos a desenvolvernos en él. Lo mismo que le pasó al último de la marcha nos puede pasar a nosotros, que nos pongan al día siguiente en mitad de la ruta y no sepamos dónde estamos. ¡Me suena esto…!

Si yo voy un fin de semana a otra provincia, a una zona que no conozco y quiero hacer una ruta en bicicleta, no tengo tiempo para perderme por sus montes hasta conocerlos. Si tengo un track de una buena excursión lo utilizo porque de otro modo, no puedo hacer esa excursión. Pero estamos hablando de alta montaña y creo que es básico saber desenvolverse en ella con conocimientos propios. Es que además de ser un conocimiento importante, resulta mucho más satisfactorio. Se podría decir que es cultura montañera.

 

Midi D´Ossau

Tal vez los Pirineos debieran ser una reserva natural, espacio de carácter salvaje, libre de la tecnología humana como el GPS, y, desde luego, los móviles en modo avión, y solo utilizables en emergencias porque no hay mejor manera de matar el encanto en la montaña que ponerte a hablar por teléfono, ni mejor manera de molestar al montañero que está al lado. ¿Exagerado quizás? ¿Hasta qué punto queremos domesticar la naturaleza? ¿Hasta dónde queremos reducir su parte salvaje? ¿Hasta eliminarla por completo? Pero, ¡si es lo más valioso! Es la parte que nos empequeñece y la necesitamos. Dejemos que un pequeño rincón permanezca salvaje, con una mínima exigencia para quien se introduzca en él, no matemos su capacidad de sobrecogernos y apabullarnos.

 

En la Munia

Mi compañero me da la razón.

 

Y no lo defiendo así más que por una razón, porque es el modo de andar por las montañas que más llena y enriquece, la forma en que más se disfruta. Sin duda.

Hay maneras y maneras de ir a la montaña. Un buen amigo mío cuando subió al Mont Blanc lo hizo desde Chamonix, desde abajo, por el mismo camino que emplearon los pioneros, y cuando fue al Cervino subió desde Tasch, porque le parece que, de otro modo, te pierdes la mitad de una gran montaña y siente que eso es empequeñecerla, del mismo modo que llevar un teléfono y, no digamos un GPS, también la empequeñece e impiden el aislamiento tan necesario para romper el hilo que nos une al resto del mundo y que es, en gran medida, algo que buscamos y necesitamos. El compromiso que se adquiere es una cuestión personal ligada a la forma en que cada uno decide sumirse en la montaña, y a él va ligado el componente de aventura que se obtiene.

 

Los Drus

Los Drus. Grandes montañas, grandes sueños.

 

Aguille du Midi y los Drus

 

Cuando Walter Bonatti escaló en el año 1955, en solitario y por primera vez el Pilar suroeste del Dru, escribiendo una de las páginas más grandes de la historia del alpinismo, en el último momento antes de abordar la vía, se vio obligado a desechar algo de los treinta kilos de equipo que llevaba en un macuto a rastras, contaba con 79 clavijas de hierro entre otras cosas. Lo primero que desechó fue el walkie-talkie que le habían pedido que llevara “… en realidad, contrasta con mi forma de afrontar la montaña. Por otra parte, no había sido idea mía traerlo aquí…” Nos lo cuenta todo en su libro MONTAÑAS DE UNA VIDA. Y se metió allí, porque no pudo evitarlo, no podía ver la montaña y no entrar. “… la víspera de una gran prueba. A decir verdad, ahora me siento, en cierto modo, prisionero de mis propias decisiones. Envidio a Ceresa, que mañana se irá lejos de estos lugares. Envidio a todos aquellos que no sienten como yo la necesidad, la ineluctabilidad de tener que someterse a semejantes pruebas…”

Y menuda prueba. Tras dos intentos fallidos en años anteriores, y hay que tener presente que pasar día y medio colgados en la pared, soportando una tormenta no era motivo suficiente para hacer desistir a esta gente, y después de una pésima experiencia humana en la expedición italiana que conquistó el K2, en la que no pudo desplegar su genio alpinista y no le dejaron llegar a la cima, Bonatti tuvo “…una verdadera y profunda crisis existencial…” Por eso decidió acometer en solitario “… aquel que todos consideraban el último gran mito de inaccesibilidad en los Alpes… para reconciliarse consigo mismo y con la vida…”

 

Pilar Suroeste del Dru

Pilar suroeste del Dru.

 

Y así, un alpinista con unas facultades físicas y mentales portentosas llevó durante seis días y cinco noches a su ser a trasvasar todos los límites de lo posible, a soportar toda clase de sufrimiento y dificultades hasta el punto de que ingenió y empleó técnicas que no creo que, posteriormente, nadie se haya atrevido jamás a poner en práctica, y venció lo imposible. Él solo, absolutamente solo.

En el mundo de la navegación a vela existió un marino legendario cuyo nombre es Bernard Montessier y cuyos libros son los causantes de que muchos hombres y mujeres se hayan echado a la mar. En el año 1968 tomó parte en la primera regata en solitario alrededor del mundo sin escalas, la Golden Globe, que partía de Inglaterra y claro, le obligaban a llevar una radio a bordo. A penas había comenzado a navegar cuando, a causa de la molestia que le causaba dicho aparato que le rompía el silencio y le turbaba la paz, la tiró por la borda. Alcanzó tal grado de simbiosis con su embarcación, el mar y el cielo que, en una de las ocasiones en que dobló el Cabo de Hornos, lo hizo tumbado en la litera. Desde ahí, con el sonido del viento y la inclinación que producía este en la embarcación, la distancia entre las olas y el movimiento que el mar provocaba en el barco al chocar con la proa y con la borda, sabía perfectamente cómo estaba la mar, de dónde soplaba el viento, el rumbo y la velocidad de su barco, su distancia a la costa… Este hombre en dicha regata, tras dar la vuelta al mundo y doblar el último gran cabo, el de Hornos, y llevando una clara ventaja a sus rivales, decidió que no quería ir a Inglaterra y siguió navegando, renunciando a lo que supuso entonces una enorme fama y gloria, pues hablamos del primero en dar la vuelta al mundo en velero, en solitario y sin escalas, y suponía un hito y un gran orgullo para la nación que lo lograra. Topó con un petrolero y aprovechó para enviar una carta al periódico organizador de la regata, que introdujo en una lata de comida y lanzó a su cubierta. En ella se puede leer “Mi intención es seguir el viaje, sin parar, hacia las islas del Pacífico, donde el sol luce radiante y hay más paz que en Europa. Por favor no piensen que estoy intentando establecer un récord. Récord es una palabra muy estúpida en el mar. Continúo sin parar, porque me siento feliz en el mar, y quizás porque quiero salvar mi alma”.

 

 

A este tipo de personas los admiramos. Les admiramos por sus proezas físicas, por lo que han hecho con su cuerpo, pero, sobre todo y especialmente les admiramos, por lo que han hecho con su alma. Tenían un sueño, un sueño que compartimos muchos otros y yo, e inalcanzable. De hecho, sueños muchísimo más sencillos, ya me resultan a mí inalcanzables, pero ellos tuvieron el valor, la decisión, el arrojo y la grandeza de ir a por él y alcanzarlo.